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Cómo evaluar la moralidad de nuestras decisiones

...muchos líderes empresariales eligen las teorías consecuencialistas para decidir qué acciones son correctas o incorrectas. En general, las decisiones estratégicas en las empresas se justifican por su impacto económico y muchos modelos utilizados para tomar decisiones se basan en previsiones de su resultado probable...
Santiago Iñiguez de Onzoño, IE University

La tradición filosófica distingue entre tres grandes tipos de teorías morales, esto es, los distintos modelos o paradigmas que determinan cómo actuar, qué es lo bueno o correcto. En este artículo examinaré las dos primeras, la deontología y el consecuencialismo, que suelen considerarse opuestas.

Normas y principios

Las teorías deontológicas enlazan con la filosofía moral griega clásica y afirman que las decisiones correctas derivan de la aplicación de normas o principios que se aplican a situaciones concretas. Por tanto, el bien y el mal se reducen a la aplicación de esas reglas y principios, independientemente de las consecuencias.

El filósofo alemán de finales del siglo XVIII Immanuel Kant es quizá el exponente más conocido de este grupo de teorías. Defendía la idea de no mentir nunca, ni siquiera al asesino en la puerta que pregunta por el paradero de su víctima.

Los límites de las teorías deontológicas para dar una respuesta completa y satisfactoria a las cuestiones morales, y la supuesta insuficiencia de la propuesta de Kant, han persuadido a muchos filósofos a modular y perfeccionar sus argumentos o a buscar alternativas.

La más útil, la mejor

El consecuencialismo postula que lo correcto o incorrecto de una acción o decisión se basa en los resultados, por lo que debería ignorar otros principios o normas. Una modalidad es el utilitarismo, cuya interpretación clásica sostiene que la mejor decisión es la más útil para el mayor número de personas.

Se atribuye a la filósofa británica Elizabeth Anscombe la invención del término consecuencialismo en referencia a las teorías que defienden la moralidad de una acción en función de sus consecuencias o resultados. En su opinión, estas teorías no aportan la mejor solución para decidir qué acciones son moralmente correctas porque no tienen en cuenta la intencionalidad. Anscombe explica que algunas de las consecuencias de una acción, incluso aunque pudieran haberse previsto, pueden no ser intencionales, lo que descartaría la responsabilidad de la persona.

Estrategia e impacto

Los filósofos interesados en la economía, y muchos directivos versados en filosofía, han preferido mayoritariamente las teorías consecuencialistas, probablemente porque los modelos económicos vinculan las decisiones con sus resultados, que pueden medirse.

Entre los defensores más conocidos del utilitarismo están los pensadores británicos del siglo XIX Jeremy Bentham y John Stuart Mill y, más recientemente, el economista indio Amartya Sen.

Es fácil entender por qué muchos líderes empresariales eligen las teorías consecuencialistas para decidir qué acciones son correctas o incorrectas. En general, las decisiones estratégicas en las empresas se justifican por su impacto económico y muchos modelos utilizados para tomar decisiones se basan en previsiones de su resultado probable.

Mucha gente insiste en que lo que cuenta en los negocios, considerándolo todo, es la cuenta de resultados. Obviamente, algunos cuestionarían esta afirmación señalando que se trata de una perogrullada.

A veces, el enfoque consecuencialista también puede verse en trabajos que tratan de justificar decisiones relacionadas con la responsabilidad social de las empresas basándose en su impacto financiero. Por ejemplo, el argumento de que el comportamiento ético mejorará el rendimiento económico y aumentará los beneficios.

Absolutismo moral

Anscombe criticó las teorías consecuencialistas desde distintos puntos de vista. En primer lugar, porque no establecen la conexión adecuada entre intención y resultado. En segundo lugar, porque no conectan el vínculo y no son concluyentes en cuanto a la correlación entre causa y resultado y, en tercer lugar, porque un resultado positivo no puede explicarse de forma convincente.

¿Cuál es la utilidad de un individuo o la utilidad agregada de los individuos de una sociedad? Cualquier respuesta a esta pregunta es discutible tanto desde el punto de vista conceptual como moral.

El argumento fundamental de Anscombe se centra en la idea de que existen principios y normas que son absolutos y aplicables a cualquier situación, independientemente del resultado. Esta postura suele denominarse absolutismo moral, un término que, aunque tiene cierta connotación negativa, refleja la fuerza y el rigor de los principios morales en cualquier circunstancia, según Anscombe. Para ilustrarlo utiliza el ejemplo de matar a un inocente y afirma:

“Si alguien realmente piensa, de antemano, que es cuestionable que una acción como la de procurar la ejecución judicial de un inocente deba excluirse totalmente de consideración, no quiero discutir con él: muestra una mente corrupta”. (Modern Moral Philosophy, 1958).

Diversidad y rentabilidad empresarial

Encontramos un ejemplo de la diferencia entre las teorías deontológicas y las consecuencialistas en la justificación de las políticas de diversidad que las empresas deben aplicar hoy en día. Las investigaciones recientes sobre las políticas de diversidad tienden a centrarse en los beneficios en términos de innovación, creatividad, mejora del ambiente en el lugar de trabajo, reducción de la rotación de personal, acceso a un grupo demográfico más amplio y la posibilidad de llegar a más partes interesadas.

Una de las fuentes más citadas es un informe de la consultora McKinsey que muestra que las empresas que cotizan en bolsa que tienen un mayor número de mujeres en los consejos de administración tienen una rentabilidad (retorno sobre el capital o ROE) de 11,4 % frente a la media de su sector, del 10,3 %.

Sin embargo, algunos analistas han cuestionado estas conclusiones y sugieren que la relación causa-efecto entre la adopción de políticas de diversidad y el ROE no se ha establecido plenamente. Por ejemplo, quizá la relación causal más directa sea la que existe entre el tamaño de una empresa, su tasa de crecimiento y su ROE. Tal y como están las cosas, un mayor número de mujeres ocupan puestos directivos en empresas medianas que en grandes corporaciones. Podríamos, por tanto, concluir que la relación entre el ROE en empresas medianas y una mayor diversidad de género es circunstancial más que causal.

Empirismo y ética

Hago estas puntualizaciones porque, siguiendo con nuestro ejemplo, es importante comprender los motivos para aplicar políticas de diversidad en una empresa. En la mayoría de los casos, existen dos argumentos principales para hacerlo:

  • El argumento empresarial, que adopta un enfoque consecuencialista, explica que las políticas de diversidad son beneficiosas para las empresas tanto desde el punto de vista económico como por otras razones menos tangibles. Se trata de un enfoque supuestamente científico, basado en pruebas empíricas del impacto de la diversidad en los resultados financieros de las empresas.

  • El argumento moral, que conlleva una concepción deontológica, argumenta que el consejo debería fomentar la diversidad en sus empresas como forma de promover la igualdad en los negocios y en el mundo en general. En otras palabras, este tipo de políticas son el resultado de decisiones morales y éticas, independientes del impacto económico en la empresa, aunque obviamente se espera que sea positivo.

La mayoría de los altos directivos que conozco suscriben tanto el argumento moral como el empresarial para validar sus iniciativas de diversidad. Buscan pruebas de la rentabilidad de tales medidas y necesitan demostrar a sus accionistas que la diversidad tiene una influencia directa en las actividades de la organización. Si no pudieran demostrar esta correlación entre diversidad y resultados económicos les resultaría más difícil imponer políticas de diversidad.

Pero como se dijo, las evidencias sólidas de la relación entre la implementación de políticas de diversidad y un resultado final más saludable son difíciles de encontrar y los estudios que la respaldan tienden a ser anecdóticos o circunstanciales.

La cuestión clave, si atendemos a los planteamientos de Anscombe, es si cabe formular algunos principios o reglas absolutas que son aplicables en el entorno empresarial como cuestión de principio, con independencia de sus resultados.

En este ámbito de decisiones se encontrarían, por ejemplo, las que hacen referencia al respeto de los derechos humanos, el impulso de las prácticas de diversidad o el compromiso con la diversidad.


_Una versión de este artículo se publicó en LinkedIn.The Conversation

Santiago Iñiguez de Onzoño, Presidente IE University, IE University

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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